miércoles, 8 de junio de 2016

Inquietante

Ya os he hablado de Diego Karnoubi. Le sigo con frecuencia. En algún momento me ha contagiado una sensación inquietante. Este poema hace parte de uno de esos momentos. Me hace reflexionar, algo que creo inherente a la poesía. Y antes de convertirme en erudita, de no sé que, prefiero sentirlo. Me gusta. Me gusta mucho. Ahí os lo dejo. 



Te cuento
  acabo de descolgar la luna que guardaba
  por si acaso guardaba
          en la noche
ya no habrá más luz, por un tiempo, te cuento
  acabo de descolgar tu sonrisa
  apareció pegada, desteñida, asimilada y débil
          es más cómodo
El tiempo agotó fortunas
   confundiste mi sonrisa con su engaño,
   y en la escena de la mentira feliz que hoy retratan
          un mundo aplaude hedonista
Entonces el valor de la vida será
   pretendernos eternos aún saltando en la hoguera
   olvidarnos adonde nos sujetamos en el ocaso
         en la noche oscura del silencio
Porque aún recuerdo aquel naufragio
   hoy descolgué la luna que te guardaba
   en la noche hermosa, en tu piel brillante
        por un tiempo
               o para siempre, será.

miércoles, 1 de junio de 2016

Un trayecto diferente.

              Me viene a la memoria una canción del gran cantautor portugués José Afonso que comenzaba así, "Maio florido Maio, quem te pintou?" y me da una especie de desolación este tiempo que parece eternizarse en la oscuridad de un nubarrón negro y constante sobre nuestras cabezas ansiosas de sol.
Claro que el poeta no se refería propiamente al clima. En un tiempo de disfrazar ideas, la referencia era a otro mayo robado por el sistema, pero no es de eso que iba a hablar. Tampoco de la lluvia y el granizo que hace dos días casi interrumpen mi camino hacia el autobús que me llevaría a Madrid. Lo que os quiero contar es la experiencia inolvidable que viví en ese colectivo interprovincial de transportes.

INCISO: Esto empecé a escribirlo cuando aún ni se atisbaba un rayo de sol. Se me olvidó el       borrador, como se me olvidan tantas otras cosas cuando otras parecen más importantes.         Ahora el cielo es azul y el calor de nuestra estrella principal comienza a entibiarnos el humor   enmohecido durante demasiado tiempo.

CONTINUANDO: Desde la puerta de mi casa, hasta la parada del autobús - 3 minutos andando- caía lluvia granizo, rayos y coriscos -lo de rayos coriscos lo copio del comic Tintin/cap. Haddok- Bueno, un tiempo infernal -no sirve el sinónimo porque dicen que en el infierno hace bastante calor- Vaya, un tiempo pésimo. Ahora, sí.
Como el trayecto parte del pueblo donde resido, el autobús estaba vacío. Claro, sólo yo soy así de loca para salir en una tarde como aquella. El conductor, un joven muy amable, me dio una serie de consejos -tuteándome, cosa que me encantó y me dio a entender que llevaba mucho tiempo por aquí- para que mi gabardina se secase rápidamente; que la extendiese en el respaldo del asiento, porque la calefacción era radiante desde el suelo, que me podía dejar una toalla, que...que...¡Gentileza comprobada! Y con tanta atención, y porque ya se había establecido comunicación entre nosotros, me senté en el lado opuesto al volante, en la primera fila. Entretanto yo había notado su acento, obviamente sudamericano. Y empecé a hacer descartes. No Ecuador, no Colombia, no Venezuela...y así llegué a la conclusión de que era argentino o uruguayo...cosas de la ll...
Entonces le pregunté: ¿de dónde eres? Él me confirmó; de Uruguay.
YO.-¡Ah! me gusta tu país.
EDUARDO (así se llama)- ¿Lo conoces?
YO.- No. No tengo esa suerte. Lo conozco por su cultura. Me encanta. Admiro vuestro anterior presidente...
EDUARDO.- Un poco desarrapado ¿no?
YO.- Sólo por fuera.
Empezó entonces un diálogo más personal. Que Eduardo lleva catorce años en España. Que trabaja muchas más horas de las que debía legalmente (menudo peligro) Que no se queja porque vive bien (me pregunto que cuándo vive) y que va a Montevideo, donde reside su familia, una vez al año, porque ahorra bastante. Claro que no le pregunté si con su familia se refería a mujer, hijos...espero que no, por ellos. Tenía pinta de soltero.
El autobús hizo una parada más, la única hasta Madrid, y entraron unas diez o doce personas, mojadas hasta los huesos, que se dirigieron a los asientos de atrás.
Me puse a oír música desde mi móvil disponiéndome a pasar el rato entretenida hasta que, mirándole con disimulo, noté que movía los labios, como si hablase. Me quité los auriculares y , aunque tenía la mirada fija en la carretera, parecía que Eduardo estaba hablando conmigo. En una voz monocórdica, sin pausa, no paraba de decir cosas. Hasta que entendí claramente "...no te quedes sin labios/ no te duermas sin sueño/ no te pienses sin sangre..." Uní mi voz a la suya y continué..."no te juzgues sin tiempo". Me miró. Sonrió. Y siguió durante unos veinte minutos más recitando, bastante mal, lo que supongo serían más poemas de Mario Benedetti.
Ya no se me ocurrió volver a esconder las orejas tras los auriculares. Le presté la atención que se merecía. Le admiré.
Nos despedimos con un aprieto de manos.
EDUARDO: Buena suerte. Que te vaya bien.
YO: También te deseo buena suerte. Te agradezco este corto viaje tan...(busqué la palabra) estimulante. Eres una persona singular. Adiós.

Creo que la sonrisa me duró varios minutos. Hasta hoy, cuando le recuerdo vuelvo a sonreír. Y he sacado de la librería los libros que tengo de Benedetti, para volver a recordarlos.