viernes, 29 de enero de 2016

Jaume Plensa, un pensador

En su momento no me apercibí de la importancia que tenía. O no le reconocí. O estaba divagando, yo que se por donde y se me escapó, como se nos escapa la belleza tantas veces que después, más tarde lamentamos. Y eso si nos damos cuenta de que ocurrió. 
Otro (no recuerdo si ya he confesado más) de mis enormes defectos es la distracción. He querido, con verdadero empeño, curarme de este mal que más que un defecto, como decía, es una verdadera maldición. No tengo constancia de que en el día de mi nacimiento entrase una poderosa bruja que, en lugar de enviarme al limbo de los sueños durante 100 años, dijese -con el poder que todas las brujas poderosas tienen- ésta, (refiriéndose al bebé que yo era entonces) padecerá distracción aguda incurable. Pues si no hubo bruja malvada, como si la hubiera. En mi lucha contra el despiste congénito creo que he perdido la batalla. Ah! voy a lo que quería decir.
Jaume Plensa, un escultor que he debido conocer tarde, pero como dice el refrán..."Nunca es tarde si la dicha es buena" y la dicha fue, es, enorme. No soy una entendida pero lo que a mí me inspira la obra de este artista es una invitación a entrar en su universo, enorme y voluntariamente incompleto. 
Me apetece mucho compartirlo con vosotros y ya me callo porque "donde hay patrón"...

Detrás del "cabezón" Urca y Pão de Açúcar, en Rio
de Janeiro. Ojos cerrados, un sueño posible.
Tiene muchos trabajos formados por letras. Este "frente a frente" es uno de ellos.
Aún no he decidido el motivo de que me perturbe tanto. Sobretodo las figuras incompletas.
Ahí os lo dejo pero buscadlo, escudriñad su obra y comprobareis que Jaume Plensa no os va a dejar indiferentes.

jueves, 28 de enero de 2016

Donde dije digo...



Ya lo sé.
Prometí (más o menos) que no hablaría de política. No quiero faltar a mi palabra pero, cuando la di, estaba pensando sólo en temas nacionales…que ya nos vale. Sin segundas, voy a explicarme. 
Cuando entro en conversaciones personales de alguna red social como facebook, la cosa funciona así; Sólo me permito comentar lo que ocurre en los países de los que soy ciudadana legal, Portugal y España. En ambos me siento con el derecho de emitir mi opinión como me venga en gana. A veces tengo que morderme la lengua…¿la lengua? Bueno, la tecla, porque me dan ganas de liarla parda. Naturalmente que toda regla tiene su excepción, en este momento pienso en el inefable Donald Tramp…(se me ocurrió, sin más)
Pero, estos países ibéricos pertenecen al mismo club que otros 26 con lo que su soberanía nacional no es propiamente una SOBERANÍA NACIONAL, vamos digo yo. Y ya me estoy liando. De lo que quiero hablar es de la respuesta que este club está dando al angustioso éxodo de los refugiados. Los hay que emiten leyes vergonzantes, los hay que apoyan de palabra esas leyes y los hay que disimulan, mirando hacia el lado.
¿Por qué se formó la Unión Europea? No voy a explicar aquí lo que todos sabéis. Sin embargo, es bueno recordar que, aparte de evitar nuevos conflictos bélicos, el tratado del carbón y el acero…etc.etc. De forma implícita había un mensaje de tolerancia, democracia y paz. En fin, una Europa humanista, de diálogo. Esa Europa fue creciendo en miembros y alcanzando éxitos en sus mejores proyectos. Pero, con el tiempo, los 28 países el único interés que compartimos es el económico y, me atrevería a decir, ni eso. Yo no siento la UE como una Comunidad en que los ideales, la paz y el bienestar tengan ya cabida. Y en lo que respecta a la economía, me remito a las últimas elecciones griegas.
Hoy, cientos de miles de seres humanos se encuentran en un limbo de olvido. En el medio de países de esta UE insolidaria, con bajas temperaturas y sin techos decentes donde acogerse.
Hoy, la ultra católica Polonia, se olvidó de quien era Cristo y vio en sus semejantes un peligro a mantener fuera de sus fronteras. Hungría, no quiere recordar sus propias emigraciones y pone al ejército guardando las vallas del horror. Alemania, echa  marcha atrás presionada por la masa que teme perder, no se sabe qué. Pero lo que más me ha impresionado, por inesperado, es la ley que aprobó el gobierno de Dinamarca, por la que se confiscan a los refugiados objetos de valor y dinero, a partir de 1.340€.
Dinamarca sí. Tal y como suena. Y mi admiración por los países nórdicos europeos, ha disminuido en un tercio.
Para finalizar: desde Bruselas hubo quien responsabilizó a Grecia por no guardar sus fronteras. ¿Se han vuelto locos?  



lunes, 25 de enero de 2016

...este cuento se ha acabado

Ya está. Se acabó. Si os gustó me alegro por mí y si no, pues no me alegro por vosotros.
Se me ocurren más ideas que iré contando. Comentarios sobre algún espectáculo, sobre todo exposiciones, que haya visto, más relatos o cosas que me cuenten y me parezcan divertidas. Supongo que hablaré de casi todo y digo casi porque tengo algunas líneas rojas (eso fue adrede para imitar a nuestros ínclitos políticos) En realidad, la única línea roja es ella...la política. ¡Qué tedio!

Días de temporal (final)

Amaneció de nuevo en pleno temporal. Ahora la lluvia había cesado pero el viento soplaba fuerte desde la mar hacia el interior. Aquella, era la cuarta jornada consecutiva que la humilde flota se quedaba en tierra y ante la necesidad acuciante, los pescadores empezaron a sentirse desesperados. Una desesperación que se convirtió en rabia cuando se corrió la voz de lo sucedido la noche anterior. Los rumores se desataron de boca en boca, del rumor a la certeza de unos cuantos apenas hubo una corta distancia, y de la certeza a la venganza irreflexiva más corta todavía. Ella, la gallega desvergonzada, había salido del cuartelillo abrazada al sargento. Hacían buenas migas. Seguro que su desaparición tenía que ver con la denuncia. Y, como el sargento iba a ser transferido a Viana la cosa no podía estar más clara…
Cuando Severiano quiso impedirlo ya era demasiado tarde. El humo negro y denso se elevaba desde el pinar y aunque corrió cuanto pudo, no llegó a tiempo de salvar nada. Tuvo que limitarse a observar como lo poco que Agostiña poseía y guardaba en su pobre casucha, se había convertido en unas ascuas humeantes. Cuando las llamas terminaron su despiadada tarea, solo quedaron en pie las cuatro paredes de piedra, con tres negras bocas abiertas donde antes habían estado las desvencijadas ventanas y la puerta de madera medio podrida.

Unos meses después, la llegada de la camioneta de reparto causó sorpresa.  El anticuado vehículo, salía de Caminha y recorría los pequeños pueblos repartiendo pan, leche y algunas verduras. Aquella mañana, transportaba también a una pasajera. Paró en la pequeña plaza, al lado de la escasa clientela que aguardaba. Apenas unas ocho o diez mujeres, pero todas reflejaron al mismo tiempo, en sus rostros anodinos, un gesto de interrogación. Porque habían reconocido a duras penas en aquella mujer de vestido colorido, larga trenza sobre la espalda y piernas desnudas, que se alisaba la falda al bajar de  la cabina de la camioneta, a Agostiña. Una Agostiña rejuvenecida, con un aire más jovial, se podría decir que hasta algo hermosa. Mal se abrió la puerta trasera del vehículo, el perro sin nombre, negro y lustroso, saltó al suelo y se colocó al lado de su dueña. Mientras la gente que la observaba estupefacta se quedó como clavada en el suelo, apareció, Seve. Paró la moto y de dos zancadas se acercó a la mujer y le quitó de las manos la pequeña maleta de cartón prensado, convidándola a seguirle hasta la tasca a lo que Agostiña accedió con una leve sonrisa.
Nadie supo de lo que hablaron, sólo que la conversación duró poco. A la salida, Seve ayudó a Agostinha a acomodarse en el sidecar, subió al perro, que se acurrucó junto a ella y ató la maleta de cartón en el asiento de atrás. La recién llegada, volvió con lentitud la cabeza hacia donde se concentraba el mayor número de gente y, sin decir una palabra, les recorrió con una mirada. Extraña mirada que parecía contener todo el conocimiento del mundo.  Enseguida, Seve puso el vehículo en marcha y ni se paró para despedirse de nadie.
Comenzaba a ponerse el sol cuando Severiano, Agostiña y el perro negro sin nombre,  partieron hacia otro lugar, cualquier lugar que les alejase de aquella aldea.
En ese momento, en el cuartelillo, el sargento comentaba con el cabo Manuel ante la presencia del único soldado raso de la guarnición:
— Hay gente que tiene mala suerte. Esa pobre mujer se enteró, porque se lo tuve que decir yo, que el marido, al que lloraba día y noche, convencida de que el mar se lo había tragado, estaba vivito y coleando en La Coruña, además viviendo con una fulana de allí y hasta con uno o dos hijos, que ya no me acuerdo. Pero eso intenté que no lo supiera, al menos por mí. Lo que sí supo, y no se por quien,  fue que unos desalmados le habían quemado la casa. Lo único que tenía en el mundo. Creo que algún mal nacido, alguien que se habrá creído la historia esa de la brujería…hay gente capaz de todo.
Ya se lo decía a Seve; que hay hombres peores que animales. Y también te lo digo a ti, peores que animales. 

domingo, 24 de enero de 2016

Promesa

Ayer dije que hoy acabaría el cuento que tengo entre manos y que os estoy pasando como si fuese uno de esos relatos de la posguerra, que corrían de mano en mano. Hago aquí un inciso para recordar los mencionados relatos que, allá por los años 50, narraban los crímenes más hediondos que la prensa de la época no podía referir. Bueno, a lo que iba. Pues que se estaba haciendo demasiado largo y decidí que el final se queda para mañana.
Hoy el sol y la temperatura eran tan preocupantemente inoportunos, pero tan apetecibles, que he pasado horas paseando (supongo que entretenida hablando sola) y disfrutando del aire puro, que viene de la sierra de Guadarrama, que le he dedicado poco tiempo al blog.
Mañana será otro día...
¡Ah! y gracias a todos los que leéis las cosas que se me van ocurriendo.
Hasta mañana

Días de temporal III

Serían las doce del mediodía, cuando unas pisadas en la hojarasca, ya seca de la humedad nocturna, despertaron a Agostiña. Su vida era como la de los animales, comía cuando sentía hambre y dormía cuando tenía sueño, a cualquier hora porque al único reloj que atendía era el de la mar con sus resacas y las estrellas en noches abiertas.  Sólo tuvo que calzar las alpargatas y ya estaba en condiciones de salir a la puerta de su casucha solitaria, en el medio del pinar, para ver quien se acercaba. El perro sin nombre despertó al mismo tiempo y se pegó a su falda, estirando las orejas en actitud de alerta.
— ¿Qué papel es ése?—preguntó al jovencísimo guardia que le extendía la hoja doblada.
—Para que usted vaya al cuartel.
—Al cuartel, ¿y para qué tengo yo que ir al cuartel?
—No sé, es cosa de mi sargento y debe ser importante porque ha dicho que tenía urgencia en hablarle a usted.
—Está bien, dile que ya voy.
Agostiña atusó los cabellos sin mirarse siquiera en el pequeño espejo colgado de la pared, los cubrió con el pañuelo negro que anudó en la nuca y salió de la casa, cerrando la desvencijada puerta de madera con la llave de hierro que metió en el bolsillo de su delantal. Por el camino de bajada a la aldea, y aunque las nubes cerradas amenazaban con una violenta descarga, se paraba de cuando en cuando y arrancaba algunas hojas que guardaba con cuidado en la taleguilla oscura que llevaba colgada a la cintura. El perro, seguía todos los movimientos con la vista, sin apartarse de ella ni un metro. Cerca de las primeras casas, notó el movimiento típico de los marineros en tierra. Unas idas y venidas que se pretendían disimuladas pero que para ella anunciaban lo que era obvio; aquella noche habría actividad en el río.
Agostiña estuvo más de cuarenta y cinco minutos en el cuartelillo. Fuera, durante ese espacio de tiempo, al perro tumbado a la sombra de un árbol, no se le movía un músculo, ajeno a la curiosidad y al rumor que en la calle se hacían casi palpables. La figura menuda apareció por fin en la puerta y al verla, las personas que por allí estaban a duras penas conseguían esconder su asombro. Porque la mujer, tan reacia a intimidades, aceptaba el brazo del sargento sobre sus hombros sin un gesto de desagrado en el rostro. En realidad, su rostro estaba desprovisto de cualquier gesto. Daba una impresión de ausencia, como si ella ni siquiera estuviera allí. Sin una palabra, avanzó despacio hacia la plaza seguida del perrillo, dejando al hombre con el brazo extendido durante unos pocos segundos, abarcando en el aire el espacio que habían ocupado aquellos frágiles hombros.
Después de ese día, Agostiña y el perro sin nombre desaparecieron, como si se hubieran esfumado. Nadie les vio en la playa, aguardando el cuerpo que el mar no quería devolver, ni caminando por el campo, recogiendo las plantas para las pócimas y ungüentos, ni andando juntos por los alrededores del pueblo. La desaparición fue motivo de especulaciones de variado tipo. Mucha bulla al principio hasta que un asunto mayor ocupó el interés general; la necesidad de buscarse la vida.

Siempre que los pescadores se dedicaban al negocio lo hacían durante la luna nueva, aunque si aquella noche hubiera estado llena, el cielo cubierto de  densos nubarrones no habría permitido entrever ni un rayo de luz. La oscuridad y el río en calma, eran los mejores aliados para los que remaban, haciendo avanzar con suavidad las dos barcas aguas arriba. Los remos penetraban silenciosos en el agua y una vez dentro, la fuerza de los brazos proporcionaba el impulso necesario para superar los metros que les separaban del punto de encuentro. El trueque se hacía evitando la influencia de la marea alta porque cuando el mar retrocedía, dejaba al descubierto unas grandes playas a lo largo del río y eran esos arenales, a ambas riberas del Miño, los mejores lugares para trabajar. Cuando el volumen de la mercancía lo permitía, el contrabando se llevaba a cabo por medio de largas cuerdas y poleas humanas. Cuando la carga era mayor, o los españoles iban a recoger la mercancía a la ribera portuguesa, o eran los portugueses quienes la llevaban hasta el lado español. Pero si se trataba de “producto especial” —republicanos huidos de la represión franquista  —ambos barcos se encontraban al medio del río. Todo obedecía a un turno  establecido de antemano por los responsables de las operaciones y esa noche eran Severiano y Manuel, su hombre de confianza en la mar y en el negocio,  quienes debían descargar en tierra de Galicia.
El silencio era casi total cuando, una tras otra, llegaron las dos pequeñas embarcaciones al lugar acordado con los gallegos, apenas la voz lejana de una lechuza, el susurro de las hojas mecidas por el viento y el arrastrar de las barcas en la arena. Pero algo extrañó a Severiano y le hizo aguzar sus sentidos.
— ¿Qué pasa, Seve? –—preguntó en voz baja Manuel, preocupado al notarle el gesto de alarma.
—No sé, algo no está bien—susurró—¿Notas algún movimiento ahí en frente? —señaló la orilla española.
—Pues…—dudó— no, no noto nada. Pero con esta oscuridad no se ve ni torta.
—No digo ver, digo notar. Pero, déjalo, yo me entiendo. ¿Qué hora es?— preguntó, dirigiendo una linterna a la muñeca del otro y haciendo pantalla con la mano libre para evitar la difusión de la luz.
—Las dos y media, bueno, pasan dos o tres minutos, no veo bien. Ellos no han hecho la señal ¿o será que no la hemos visto?
No hubo respuesta. Se sentaron en el suelo y se quedaron en silencio, con las miradas puestas en el otro lado del río y los oídos atentos a cualquier ruido. Pasaron unos diez minutos cuando en la margen opuesta brilló una pequeña luz luego se apagó, volvió a encenderse y enseguida se apagó de nuevo. Los dos compañeros suspendieron la respiración esperando, contando los segundos para sus adentros, pero la luz no volvió a encenderse. La inquietud de Severiano estaba ahora justificada porque la señal convenida eran tres encendidos intermitentes. Entre gestos y murmullos hizo saber a Manuel cual era el plan que, se le iba diseñando en el pensamiento. En unos pocos minutos, pusieron toda la carga en una sola barca, derramaron sobre ella parte del petróleo que guardaban para los candiles de la pesca nocturna y  haciendo acopio de todas sus fuerzas la empujaron en dirección a la desembocadura, río abajo. Arrastrar la segunda barca y colocarla al lado de la otra, fue una tarea mucho menos fatigosa. Lo más difícil era no romper el silencio. Cualquier pequeño ruido sonaba en sus oídos como un estruendo que les paralizaba los movimientos y les cortaba la respiración.  Subieron por fin a la barca vacía, amarraron al palo de proa de la otra el cabo de una cuerda, y se dispusieron a iniciar la última y más peligrosa parte de aquel plan  de urgencia nunca antes ensayado. Cada vez que introducían los remos en el agua, el corazón suspendía sus latidos para recuperarlos, con doble intensidad, cuando toda la fuerza de que eran capaces movía las palas sumergidas y las embarcaciones, apenas separadas, se deslizaban por el impulso. Antes de llegar a la mitad del recorrido, soltaron la cuerda de amarre. Entonces Severiano, agradeciendo  a la suerte, que las pesadas nubes no soltasen de repente toda el agua que tenían acumulada, echó sobre la borda de la barca que estaban abandonando y el agua que les separaba de ella el resto del petróleo que les quedaba y arrojó un nudo de trapos que había prendido con su chisquero. Con enorme velocidad, el gusano de fuego recorrió esa distancia y se propagó en altas llamas de un naranja vivo. Los dos hombres, con esa rapidez que confiere la huida del peligro, ya habían dado la vuelta y remaban río abajo. Al pasar por Seixas todavía se podía ver la luz provocada por el incendio en el río.
Manuel rompió el silencio tras un débil carraspeo  
–—Podíamos haber salvado al menos parte de la mercancía.
— ¿Y si los guardias nos hubieran alcanzado?
—Pero, ¿tú estás convencido que estaban esperándonos?
—Eso está claro como que dos y dos son cuatro —respondió Severiano impaciente— Sólo me gustaría poner la mano encima del hijo de puta que ha dado el chivatazo.

Cansados y abatidos por la frustración, se separaron tras varar la barca en la arena de la playa. Todo parecía desierto pero, después de lo que había ocurrido, no convenía que esa noche les viesen juntos.

sábado, 23 de enero de 2016

Mañana lo termino (o lo intento)

Cuando se tiene una idea para un cuento, se escribe y se guarda para uno mismo, lo damos por terminado y...a otra cosa. Pues a mí me está ocurriendo algo muy diferente. A medida que pierdo el pudor de enseñarlo a los demás, él solito (el cuento) se va modificando y donde era angular se hace redondo, o viceversa. Voy cambiando cosas y, espero que al terminarlo no me dé con un canto en los dientes. ¡Caray! quien se inventó eso del canto no debía estar muy lúcido.
Hasta mañana, gente buena.

Días de temporal II

Excepto a esas chismosas, que por cobardes, no la hostilizaban a las claras, al resto del pueblo infundía respeto, tal vez un poco cercano al temor supersticioso, lo que no impedía que algunas personas solicitasen, en momentos de aflicción y casi en secreto, sus sabios consejos sobre las cosas que no comprendían. Ella nunca les negó ayuda pero sin que eso fuese una puerta abierta a su intimidad, esa intimidad de la que Agostiña no salía y en la que a nadie permitía entrar.
Una vez en la playa, con la única compañía de su perro, al que nunca puso nombre, la mujer comenzó a susurrar unas palabras incomprensibles que, poco a poco, fueron adquiriendo una musicalidad monótona. Extendió los brazos con las manos abiertas hacia el mar y así las mantuvo mucho tiempo mientras entonaba bajito su salmodia. Si alguien pudiese ver a aquella pequeña mujer, entregada al extraño ritual bajo la lluvia que ya arreciaba, concluiría que los rumores sobre su mente insana tenían justificación. Pero Agostiña sabía que  nadie podía verla. Todos se habían ido. Las mujeres ya estarían en sus casas, preparando los menguados almuerzos y cuidando de los hijos pequeños. Los hombres se habrían reunido en la destartalada tasca, que les hacía las veces de asamblea popular, y allí, a puerta cerrada estarían tratando de sus asuntos más urgentes y confidenciales. Porque tras cuatro días sin pesca, había que trabajar más en el negocio.   
El negocio no era otro que el contrabando. Un suministro clandestino para paliar algunas necesidades de la gente del otro lado del Miño, con el que se conseguía una mínima garantía de supervivencia para las familias de aquella aldea entre el océano y el río.
España, recién salida de la Guerra Civil, intentaba cerrar heridas, sólo las superficiales que a las profundas ni podían saber como llegar, y calmar el estómago con las grises cartillas de racionamiento. Exceptuando a la nueva clase dominante y los diversos entornos creados a su alrededor, la escasez de productos de primera necesidad alcanzaba a todos los ciudadanos. Aquellos que podían arriesgar unos menguados ahorros recurrían al estraperlo, tan extendido en la época, para entretener un poco la disminuida despensa.
El negocio, funcionaba como si de una cooperativa se tratase, todo lo bien estructurada que las circunstancias permitían. Desde Caminha hasta Vila Nova de Cerveira, una buena  parte de los pescadores se ocupaban de la compra, almacenamiento y distribución de los productos, tabaco, café y bacalao sobre todo, otra servía de tapadera y hasta coartada si la ocasión se ponía fea con los guardias.  Los que no entraban de forma activa en el negocio, aun cuando lo conociesen, mantenían un sólido compromiso de silencio. El capital necesario para poner en funcionamiento la singular empresa, lo pusieron a partes iguales entre todos, y, cuando tras algunos meses se consiguió recuperar la inversión y se comenzaron a generar ganancias, también se las repartieron a partes iguales. Como cualquier otra empresa tenía sus propios estatutos, o mejor, su único estatuto que sin estar escrito en ningún papel todos conocían y cumplían a rajatabla. Trataba de la prohibición de incrementar el negocio más de lo que habían establecido en el acuerdo inicial. Sólo querían complementar los recursos que la pesca les proporcionaba para sobrevivir con un mínimo de dignidad. Esa cantidad necesaria estaba definida desde el principio y si alguien quebrantaba el acuerdo, lo que nunca había ocurrido, implicaría su expulsión inmediata del grupo. Al fin y al cabo ellos eran pescadores, lo del contrabando surgió como un parche para paliar la miseria de los malos tiempos pero nunca como actividad principal a manera de oficio.


Como todas las iniciativas importantes también esta tuvo su promotor, el que tuvo la idea, esbozó todo un sistema  operativo y reunió a los compañeros para presentarles el proyecto ya definido. Se llamaba Severiano y no Severino - por haber heredado el nombre de un abuelo de la Extremadura española- Curiosamente, era entre todos el que menos necesitado estaba. Soltero, a pesar de sus treinta y tantos años, sin familia a la que sustentar y unas manos de artista de la que salían preciosas miniaturas de barcos, que se vendían como rosquillas en las ferias de los pueblos, donde él mismo las llevaba en su moto con sidecar. Hasta de Viana do Castelo y de Tuy ya le habían hecho pedidos. Pero, a pesar de que siempre había ayudado a los compañeros en dificultades, sabía que esos préstamos a fondo perdido tenían un tenue sabor de humillación que alteraba el meollo genuino de la amistad. Fue por eso, por preservar esa relación casi fraternal entre sus camaradas, que se le ocurrió la idea. Por eso y…a qué negarlo, por darle a su vida esa chispa de aventura que la mar, aún cuando estaba alterada, ya no le daba.

viernes, 22 de enero de 2016

Compartiendo


Hoy se me ha ocurrido que os voy a contar algunos de mis relatos. Desde ahora aviso que es casi una regla general de las cosas que me invento que tengan finales raros o, para no endulzar la cosa, malos. Pero voy a comenzar con uno que escribí hace la tira de años y que no acaba mal. Vale, ya estoy contando el nombre del asesino...¡Bocazas!

DIAS DE TEMPORAL (Cuento)


Las nubes se agrupaban veloces e iban formando un techo compacto que acabó por oscurecer todo lo que estaba al alcance de la vista. En pocos minutos, el mar y el cielo se confundieron en un horizonte de plomo y los primeros “borreguitos” aparecieron en la superficie del agua como un aviso del temporal que se avecinaba. En la playa, hasta entonces desierta, se fueron concentrando algunas personas, sobre todo mujeres y niños, mientras se acercaban a tierra las primeras barcas.
Con una precisión, conseguida al cabo de tantos días iguales, los pescadores sacaban las artes, otra vez inútiles, de las embarcaciones y ya vacías las arrastraban hasta el lugar que consideraban más seguro. Allí quedaron, ancladas sin hierro en una navegación imposible, exhibiendo sus humildes portes y sus colores que el cielo no dejaba brillar. Después, las familias reunidas echaron a andar, todos los pasos al mismo ritmo, con iguales movimientos cansinos marcados por el desaliento. Como una mancha oscura y concreta que se arrastraba alejándose de la playa
—Yo hubiera continuado un poco más —dijo un joven malhumorado.
Sin parar de caminar, algunos le miraron mientras se levantaba un murmullo de protesta generalizado del que sobresalió una voz ronca.
—Es la segunda vez que dices eso, otra y te quedas en tierra para la próxima. A la mar hay que respetarla —continuó  —cuando ella dice que no sigas lo único que tienes que hacer es volver a tierra —y en un susurro  —o te engullirá.
El vaivén de las sayas negras de una mujer robusta, paró por un instante en sus caderas mientras, volviéndose al muchacho, le gritó.
—Ten juicio, rapaz, que ya no tengo corazón para tanto luto. Tú a obedecer a tu tío, que tienes mucho que aprender.
Una última mirada hacia las barcas varadas, una despedida sin tiempo y el grupo comenzó a desintegrarse cuando los pies descalzos tocaron los primeros adoquines.
La misma mujer que acababa de hablar, señaló hacia la playa con un dedo en ristre y revistiendo de ironía sus palabras dijo en un tono más elevado para hacerse oír por los que ya se habían adelantado.
—La gallega se ha vuelto a quedar.
—Se queda siempre —casi gritó otra —cualquier día llegamos y nos la encontramos ahí tiesa, eso si las olas no se la llevan de una vez.
Y allí estaba ella. Una figura oscura, menuda e inmóvil, como una pieza de atrezo colocada en aquel escenario por una mano invisible y olvidada después del espectáculo. Siempre estaba allí. Nadie la veía llegar ni notaba cuando se iba, sólo estaba allí, quieta, callada, esperando. La mirada sin intención, perdida en el horizonte, las manos escondidas tras la toquilla negra, el cuerpo seco plantado en la arena como un tronco que a pesar de muerto y hueco conserva la verticalidad. A su lado, quieto y callado como su dueña, un perro negro y lustroso al que se le notaba un aseo que solo mucho cepillo y mucho cariño podían lograr.
Agostiña, a quien las gentes de aquella pequeña aldea portuguesa llamaban La Gallega, en referencia a su supuesto origen, era una viuda de la mar, una de esas mujeres a las que el Atlántico se les había tragado a sus hombres en jornadas de aguas bravas. Se contaba que a los pocos días de casada el océano le robó al suyo. Que desde entonces pasaba las horas en la playa aguardando persistente lo que ya era imposible;  una ola piadosa que le devolviese el cuerpo. Y que allí mismo, a la orilla del mar, lloró las únicas lágrimas de su vida.  

Agostiña envolvió su dolor en un riguroso luto que, unido a las arrugas de sol y de pesar, le daba la apariencia de una edad que no tenía. Era de poco hablar y las raras veces que lo hacía servían para que las voces de la ignorancia y la mala fe de algunas comadres del pueblo, alimentasen los rumores, por ellas creado, de que además de estar algo loca practicaba la brujería. Soportó, sin parecer inmutarse, las habladurías sobre aquel entendimiento que las malas lenguas le atribuían con lo oculto. Todo, porque desde chica su madre y su abuela le habían enseñado las propiedades de las plantas y la eficacia de los rezos.
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Mañana, o pasado, o uno de estos días continúo.
Intentar con vehemencia pasar un buen fin de semana y sed felices.

jueves, 21 de enero de 2016

Poesía japonesa...y otras

Hay personas a las que no les gusta la poesía. De verdad que las hay. Conozco algunas. Trato de aconsejarlas a que intenten comprender su sentido, su musicalidad, su simbolismo. Les prometo que si lo hacen les enganchará para toda la vida. Hasta ahora no he conseguido ninguna victoria en mi campaña, porque  mi capacidad de convicción debe ser nula o porque hay quien "al pan, pan y al vino, vino". Pues nada, ellas se lo pierden.
Yo, además de leer poesía desde que aprendí a juntar palabras, he intentado escribirla. Me sonroja un poco lo que voy a contar pero aún así lo voy a hacer.
En una larga época en la que estaba muy triste, muy triste, muy triste, me dio por intentar contar esa tristeza en forma de versos y fui muy productiva en el empeño, a juzgar por el volumen de la carpeta que guarda mis penas y que no pienso volver a abrir por el momento. En total mi gran obra poética ocupa 74 páginas, con 17.575 palabras y 98.143 caracteres, sin espacio.
Después me empeñé en que quería escribir haiku. Creo que me vino la idea a través del personaje central de la novela "La elegancia del erizo" de Muriel Barbery, quien era gran consumidora de este tipo de poesía japonesa. Lo intenté con ahínco pero sin resultados satisfactorios. Creo que hay dos razones que justifican mi fracaso, a saber: la primera que no soy japonesa, la segunda que soy muy impaciente. En mi opinión, el éxito del poeta de haiku reside en observar las cosas, sobre todo la naturaleza, con muchísima  atención. Después de la sosegada observación, escribir, con poquísimas, escogidas y bellas palabras el resultado que antes sometió a un proceso alambicado de pensamiento.
Mi mejor amigo escribe haiku y no es japonés. Escribe muchas otras cosas, también poesía occidental (iba a decir "normal" pero creo que sonaba políticamente incorrecto) Ya ha publicado muchos libros y, es tan bueno en lo que hace que su obra es reconocida en todo el mundo, incluso en el mismísimo Japón.
De un pequeño libro, con 21 haiku sobre Gaza, que editó en 2009 destaco éste:
palmeiras -
tâmaras empoeiradas
em Gaza
Para quien no lo entienda en portugués, lo intento traducir:
palmeras -
datileras polvorientas
en Gaza

miércoles, 20 de enero de 2016

Me voy aclarando


No me he explicado todavía la motivación que me llevó a iniciar un blog. Sobre todo porque para mí es como un extraño camino, del que desconozco los mecanismos para lograr que me conduzcan a alguna parte. Pero, en un momento en que esta cabecita pensadora no pensaba, me asaltó un recuerdo a modo de pista. Un recuerdo muy antiguo que os voy a contar. Prometo brevedad. Lugar: Las Navas del Marqués (cuando era un pueblecito pequeño) Tiempo: Agosto de...mejor no lo digo. Personajes: Mi hermano, una señora rara, un perrillo, espeluzado, nervioso, feo y yo. La señora rara salía todas las mañanas con su acompañante, atrapado en una correa que debía molestarle porque no paraba de cabecear. Demasiado arropada para la época y siempre con una pamela de paja tan grande que su sombra recordaba a una plaza de toros, bueno, aquí exageré un poco. Hasta ahora todo parece normal, ¿a qué sí? Pues no lo era. La señora arropada hablaba sola. Nosotros, a pesar del miedo de que fuese una loca peligrosa, la seguíamos a una distancia prudente intentando escuchar lo que decía. Descubrimos que también mantenía diálogos con gentes invisibles. Discusiones acaloradas, consejos de jardinería e, incluso, largas conferencias en las que exponía puntos de vista que, como es natural, no entendíamos. Vuelvo a la actualidad y ahora tengo que confesar algo. También hablo sola. Igual que ella entablo largas conversaciones con personas invisibles y, lo único que me diferencia de aquella señora rara que preocupó mi infancia es que no tengo un perrillo espeluzado, nervioso y feo. 
Creo que esto es una buena pista para saber por qué inicié un blog.


Hola:


Me estoy metiendo en esto sin saber muy bien por qué aunque, pensándolo mejor, el motivo debe ser la mala relación que tenemos la señora informática y una servidora. Siempre que le pido algo ella lo hace, pero al revés. Me abre agujeros negros de los que sólo puedo salir con ayuda de terceros, me corrige lo que quiere y no lo hace cuando yo quiero y, además, me cambia de lugar las cosas con la clara intención de que enloquezca buscándolas. Pues, por todo eso y más que no cuento porque sería larguísimo, he decidido plantarle cara. 
Así que...vamos a ver, maja, quien puede más. Cuestión de amor propio.