A mí, esto de escribir me da por temporadas. Es como un viento, de no se que latitud, que me entra con fuerza, igual que a un niño le entra la rubéola y amanece con manchitas rubras, el pobre. Mis manchas no se ven, salen por dentro y me provocan una sensación de inquietud y desasosiego que me urge a hacer algo para calmarla.
Una de las terapias consiste en leer la prensa diaria. En papel y en formato digital. Me empapo de todo lo que, por regla general, no interesa a nadie y al poco rato se me olvida todo lo que he leído. Pero, de repente, una u otra noticia aislada permanece en mi subconsciente que, pasado algún tiempo, me la devuelve.
Gracia a esa manía, por llamarlo de alguna forma, invento historias a partir de una escueta noticia escondida entre las páginas menos comerciales de cualquier diario.
Tengo bastantes. Tantas como para plantearme reunirlas en un libro que se podría llamar "Extrañas formas de vida". Ese título me lo sugirió mi mejor amigo. ese que escribe Haiku y no es japonés. Pero no se si tendría que pedir algún permiso especial porque ese también es el título (en singular) de un bello y antiguo fado.
Bueno, no voy a explicar nada más. Aquí os dejo uno de esos cuentos basados en una breve noticia de prensa. Se trataba de una conferencia sobre "Trastorno Disociativo de la Identidad" Lo que nosotros, gente común, entendemos por doble personalidad.
A CUATRO MANOS
La escalera se le hace
interminable. La sube peldaño a peldaño y, a cada dos o tres, una corta parada
y un leve suspiro. Esta vieja casa,
decrépita, de maderas que gimen y paredes desconchadas, poco le recuerda ya a
aquella de los mejores días de su vida, de toda su vida, porque nunca conoció
otra. Las que habitó en los veranos de la infancia y adolescencia nunca fueron
su casa, eran apenas lugares esporádicos donde recuperar energías tras las
batallas campales en el pinar, o sentir la agitación de los primeros escarceos
amorosos en parajes recién explorados. Mientras continúa la diaria escalada,
intenta interrumpir los recuerdos ocupando el pensamiento en las pequeñas cosas
de su vida cotidiana. Lo precios siempre al alza en el mercado, la cuenta de la
luz que no refleja su cuidado con el consumo o la urgencia de una visita al
podólogo. La añoranza de tiempos pasados le hace daño y la realidad de los
tiempos presentes, por su vulgaridad, le abruma. Mejor no pensar en nada pero
eso ¿cómo se hace?
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—¿Pero es
que en aquella casa no hay ascensor?
—¿Qué
pasa? Parece que no te has enterado de que se trata de una casa antigua, de
esas que aún quedan en el centro de Madrid cuyo destino es convertirse en solar
y en futuros pisos muy rentables. Pero ¿Por qué te estoy hablando? Si no
existes.
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Por fin, cuarto piso. El último. Por
encima solo desvanes y una gran terraza. Antes, cuando la vida estaba allí, la
criada subía la ropa lavada y bien retorcida en un gran cesto de mimbre y la
tendía al sol y al viento de Madrid. Era tanta que ocupaba las cuerdas de lado
a lado de la terraza compartida con los demás vecinos. Siempre que podía,
acompañaba a la chica de turno a recoger la ropa seca. Enterraba la cara entre
las sábanas blancas y olorosas, después bailaba apareciendo y desapareciendo
por ellas, en una rueda musical que su mente inventaba, hasta que el baile se
interrumpía de sopetón con el tirón de las últimas pinzas. Aparta la mirada y el recuerdo del piso de
arriba. Mete la llave en la cerradura y se adentra en una sombra que le recibe
con olor a vejez, lejía y ausencias.
Juan no es viejo pero se siente viejo,
no está enfermo pero se siente enfermo. Juan es un hombre cansado que hace un
enorme esfuerzo cada día para levantarse de la cama, o para no quedarse sentado
en cualquier rincón de la casa, esperando el momento del no sentir. Esa lucha diaria
se ha convertido en la razón de su vida, como una disciplina impuesta por
alguien superior que debe acatar, que no tiene más remedio que acatar. Si lo
piensa no lo entiende, y ese no entender es lo que también le hace huir de los
pensamientos en cuanto comienzan a insinuársele
Se afana en mantener la casa limpia.
Algo que se impone como una terapia siguiendo un método impuesto por la
costumbre. Primero el recibimiento, el pasillo y la salita “de todas las
cosas”, como la ha bautizado desde que las estancias más nobles se visten de pasadas
vacaciones. Sábanas blancas sobre los muebles y ventanas, cerradas a cal y
canto. Después se ocupa en ordenar y limpiar su habitación, de la que no se ha
cambiado a pesar de no ser de las mejores de la casa. Y por último el baño. En
él se entretiene más que en cualquier otro sitio. Adquiere cada nuevo producto
que se anuncia en televisión. Colecciona maravillas para los azulejos, prodigios
para la grifería y perfecciones para el
cuidado y mantenimiento de los sanitarios. No le preocupa el alcance de su
pensión a la hora de adquirir las botellas, frascos o cremas que huelen a mar, a bosque y, con un
poco de buena voluntad, a islas paradisíacas. A la cocina la tiene un poco
abandonada, es verdad, pero desde que Teresa se hizo tan vieja que se tuvo que
morir, le ha cogido un poco de manía. La limpia sin empeño, casi con desdén,
una venganza por encontrarse tan solo en aquella enormidad que le trae olores
de asados y bizcochos de nueces. Siempre los olores. En la vida de Juan los
olores son el componente fundamental. Lo que otras personas encuentran en las
fotografías, la música, o en la literatura, para establecer identificaciones
con periodos, momentos, alegrías o tristezas, él lo halla en los olores.
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—Vaya rollo el del viejo
este que te estás inventando.
—¿Quieres hacer el favor
de dejarme continuar?
—Pero, ¿en qué mundo
vives? A nadie le puede interesar la vida de un anciano que huele a bizcochos y limpia baños.
—¿Dónde has leído que es
un anciano?
—No lo he leído, está
implícito en el texto. A no ser que aproveches mi intromisión para cambiarlo.
No es la primera vez que lo haces, carabobo.
—¡Inútil!
—Inútil, sí, pero sin mi
intervención tus melodramas serían
insoportables, reconócelo.
—De acuerdo lumbrera,
métete si tanto te apetece. Existe la posibilidad de eliminar lo escrito.
Desde niño le llamaron
Juanillo, hasta que bien entrado en la adolescencia armó la de Dios es Cristo
para que le otorgaran la categoría de persona y se olvidasen para siempre del
humillante diminutivo. Sobre todo delante de Suzanne, la profesora particular
de francés. Su grande, enorme amor, sincero, callado, inspirador de noches
turbulentas y deseos suicidas. Suzanne tenía unas piernas interminables y
hermosísimas, puede que un poco gruesas pero de ser más finas la armonía de su
cuerpo se hubiera visto seriamente perjudicada porque tenía un culo…
—Ya estamos. No permito
que conviertas mi historia en uno más de tus relatos pornográficos.
—Eres ñoño hasta el
cansancio. ¿La palabra culo se te antoja pornográfica? ¿Tú no tienes culo?
¿Para qué sirve un culo? ¿No es de admirar un buen culo? Culos voluminosos.
Culos rotundos. Culos rubenianos. Culos…
—Si crees que me vas a
exasperar con tu idiota disertación repetitiva te equivocas. Por si no te has
dado cuenta, quien ha comenzado la historia he sido yo. Es mío el personaje, es
mía su suerte y no le quiero metido en orgías o masturbándose como un poseso
como sueles hacer con los tuyos.
—De acuerdo, no me
apetece discutir. Déjame continuar e intentaré convertir a tu Juan en el casto
José. ¿Te parece mejor así?
—Sin ironías compañero. Voy
a intentar explicártelo: Juan es un hombre mayor, no anciano, con una vida
mediocre por imposición económica, algunas manías puntuales y un espíritu
delicado. Pretendo que su vida sexual quede en la intuición del lector gracias
a dos o tres leves insinuaciones. Esa es la pauta, si la quieres seguir, adelante,
caso contrario ya puedes despedirte de escribir ni una sola línea más.
Le costó bastante esfuerzo, tiempo e
insistencia, borrar de la costumbre familiar el insufrible Juanillo pero al fin
lo consiguió y, aunque hubiera preferido llamarse Arturo o Ernesto, o cualquier
otro nombre de los que viven en las novelas de Oscar Wilde, Juan no estaba del
todo mal. Y sonaba muchísimo mejor cuando Suzanne lo traducía a su idioma,
envolviéndolo en el cántico de su voz grave, tan parecida a la de Juliette Gréco.
Jean, autoritaria, cuando
reclamaba su atención hacia la conjugación de un complicado passé composé. Jeaaan,
dulce, al elogiarle una redacción creativa.
Todavía, después de tanto tiempo,
guardaba un resto de rencor a la hermosa
francesa por haber sido la causa de su primera y cruel decepción amorosa.
—Vale.
Si sigues por ese camino puedes continuar, pero ten en cuenta que quiero solo
pinceladas del pasado. La novela va a transcurrir en el presente, ¿de acuerdo?
—Tranquilo,
ya lo he captado.
Una tarde, armándose de valor, la
invitó al cine. La negativa llegó tan rápida que ni siquiera había pensado en
esa posibilidad. Se quedó mudo. —Es que ya he quedado con otra persona para ir
a ver esa película, —le dijo. Además, añadió, —no es correcto que una profesora
se relacione con sus alumnos fuera del ámbito de la clase. —Lo que a Juan le
cayó encima no tuvo el efecto de un jarro de agua fría, como se suele decir.
Por el contrario, sintió un enorme calor subiéndole desde la barriga hasta el
rostro, con el consiguiente rubor humillante que no pudo ocultar. Notó que todo
le temblaba por dentro y sólo consiguió balbucear, mientras fijaba la atención
en sus zapatos, buscando un punto donde esconder la mirada…
—Que
no te enrolles en el pasado, volvamos a la actualidad.
—Creo
que para que la vida actual de este personaje tenga algún interés, incluso
algún misterio, hay que buscarlo en su pasado. Déjame continuar y si lo quieres
cambiar después prometo no enfadarme.
En el camino de
regreso a casa fue notando como la vergüenza inicial se iba convirtiendo en un
enmarañado de sensaciones; celos, odio, rencor y un fuerte deseo de conocer al
fulano, sí, porque seguro que era un hombre quien iría con Suzanne al cine. De
repente les imaginó juntos en la última fila del patio de butacas, esa a la que
van las parejas a meterse mano con una cierta complicidad del acomodador. El
trayecto resultó provechoso. Al llegar al portal ya se habían insinuado en su
mente unas cuatro maneras diferentes de vengarse. Pensaría en cada una de ellas
con cuidado y aquella que más daño pudiese hacer a la pareja, y más lejos de cualquier
sospecha le dejase a él, sería la elegida. Era cuestión de inteligencia,
reflexión y bastante paciencia, esta última condición se le antojaba ahora la
más difícil. Quería verlos acabados, a ser posible muertos
—Para, para, para. ¿A dónde crees que vas? Estás haciendo de
mi personaje un joven psicópata, un asesino en potencia, probablemente lo que
tú mismo serías si fueras real.
—¿Qué insinúas con eso de ser real?
—Nada, continúa.
—De acuerdo. No me digas que no va a ser mucho más
interesante que ese Juan tan poca cosa y, si me apuras imbécil, tenga un
terrible secreto guardado desde su adolescencia. Algo insólito y definitivo que
le convierte, por su pasado, de anodino
a inicuo. De bobalicón a criminal. Es fascinante.
—Te lo había advertido, se acabó, no te dejo escribir más..
—Me parece que llegas tarde. Yo le he
dado una vida inquietante, y por lo tanto atractiva, a ese personaje que ahora
es mío.
—Apártate de mi libro, es la última
vez que te lo digo. Te prohíbo que pulses una sola tecla más.
—¿A sí? ¿Y cómo se supone que lo vas
a impedir?
—Espera. Calma. Vamos a
tranquilizarnos. Creo que podemos llegar a un acuerdo si cada uno de nosotros
cedemos un poco en el concepto de lo que esperamos del personaje.
—¡Coño! Siempre pasa lo mismo
contigo. Cuando las cosas comienzan a ir bien te achicas. Es como si tuvieses
miedo de entender que las personas, incluso las ficticias, pueden tener una
vida que no corresponda a una ética perfecta. La vida está hecha de multitud de
colores, tiene recovecos, cosas bonitas y cosas feas…
—Tienes razón –le interrumpió e
insistió- vamos a tranquilizarnos. Vayamos a la terraza y lo hablamos en cuanto
nos fumamos un cigarro.
—Estás peor de lo que pensaba, pero
si tu no fumas.
—Ya.
El ruido seco, rápido, hizo volver las cabezas a algunas personas que
pasaban cerca de allí. Se fueron aproximando al bulto caído en el medio de la
acera pero no demasiado, como intentando evitar que les rozase. Enseguida a aquel
grupo se fueron sumando algunas más y del murmullo inicial, se destacaban
algunas frases sueltas que aseguraban certezas de lo que allí había ocurrido.
—Lo malo de esta gente –dijo una
señora que había anticipado conocer a la persona que estaba inmóvil de bruces
en el suelo —es que pierden la cabeza.
—Podría jurar – aventuró otra mujer
cargada de bolsas de compras y casi sin resuello, por haber corrido hacia allí –
que alguien estaba con él en la terraza..
—Desde luego esto parece muy raro –comentó
un anciano que acababa de sumarse al corrillo.
Y así, uno tras otro, daban opiniones
variopintas sobre el dramático suceso mientras sus gestos, afirmativos o
negativos, acompañaban a los comentarios. Parecía que todos sabían algo sobre la
persona caída en la acera cerca del portal.
Algo más tarde, un hombre de aspecto cincuentón
y rostro emocionado, como si hablase para sí mismo, pero en un tono que provocó
el silencio general, respondía a la pareja de policías que acababa de llegar.
—Conozco al señor Álvarez hace más de
veinte años. Desde que alquilé la panadería al lado —dijo, señalando la tienda
contigua a la casa de la víctima. —También conocí a su madre, una verdadera
señora, y a su ama, como la llamaban en la casa. Desde que murieron las dos
señoras vivió solo. Era una persona
seria y educada, aunque de pocas palabras, pero amable dentro de su discreción
habitual. Lo más extraño que se puede decir de él es que nunca le vi acompañado.
Jamás conocí a alguien tan solitario.