lunes, 23 de octubre de 2017

Encontrando a mi abuelo

                         Hace tiempo encontré en una vieja librería de Madrid un libro que, por su aspecto, encajaba perfectamente con el vetusto establecimiento de libros de segunda mano. Primero me llamó la atención el título "Ninon" y al ver el nombre del autor lo entendí. Ese, y otros muchos títulos, entre los que rescato de mi propio olvido, uno sobre Salamanca y "La Musa Desconocida". Todos encuadernados en una piel roja y suave, que daba gusto tocar. Se que eran muchos por el espacio que ocupaban en la gran biblioteca de su casa. La casa de mi abuelo, Alberto Valero Martín.
                         No llegué a estar con él porque dos meses separaron su muerte de mi nacimiento. Pero como en mi familia tenemos la buena costumbre de contar, a todos los que se van sumando a ella, quienes y como fueron sus predecesores, conocí desde niña quien era mi abuelo.  Un abogado criminalista, escritor y poeta al que acompañaron, en el relato familiar, toda suerte de costumbres, ideas y peripecias.
                         Aquí os dejo uno de sus versos, incluídos en "Las mil mejores poesías de la lengua castellana" editado por Aguilar. Un poema que, cuando era pequeña, me daba mucho miedo. Entenderéis mis motivos.

                                         CUANDO YO ME MUERA


Cuando yo me muera, pobres hijos mios, y vengan a casa los enterradores a buscar mis retos rígidos y frios para arrebatarlos de vuestros amores;
Cuando ya mis ojos no puedan miraros y me haya invadido la eterna quietud y el cuerpo no pueda salir a buscaros de las ocho tablas de un ataúd;
Cuando, solo y lívido, bien amortajado, quede entre los pliegues de lienzos caseros, después que ya todo lo haya terminado la tierra que me echen los sepultureros.
Cuando lleguen esos terribles instantes en que vuestras dulces voces tan amadas me llamen con trágicos tonos delirantes y ante mi silencio callen aterradas...
Cuando sollozantes todos los hermanos, con espantadizo y hondo desconsuelo, vengáis a cubrirme de besos las manos y al acariciarlas las sintáis de hielo...
Cuando ya parezca siempre mudo, para siempre frío, para siempre inerte, aun quiero en la vida serviros de escudo venciendo el absuro fatal de la muerte.
Y así, pobres hijos míos, cuando en el materno regazo dulcísimo durmáis silenciosos en las largtas noches del horrible invierno y os despierten graves ruidos misteriosos, y sienta en su triste lecho de viuda vuestra madre el sueño segado en la hoz del llanto, deciros sin miedo y sin duda:
-Nuesto padre llega y es ésa su voz...
Y habéis escucharla siempre amante y puro, cuando os acometan los torpes pasiones, cuando os atormente la mala ventura, cuando desfallezcan vuestros corazones..... ella os dirá, dulce y queda y amante:
-¡Venced las flaquezas con ánimo fuerte!
¡Yo os sigo de cerca, vivo y vigilante, a través del negro dintel de la muerte!...
Que os ate un cariño trabado y sincero. Todo repartíroslo; el pan y el dolor.
¡Y avanzad seguros por vuestro sendero sembrando una siembra divina de amor!
Sed vosotros dulces, y sed generosos vosotros, mis hijos; mas sabed también enseñar, si os muerden los lobos rabiosos, al gope la mano y el alma al desdén.
Que haya en vuestro espírtitu, armónicamente, ternura y desprecio, braveza y piedad, y una sed rabiosa, noble y absorbente, de sueños, de rimas y de eternidad...
Nada os amedrente; ningún mal presagio os turbe de miedo; las almas serenas sed siempre, hijos míos, en este naufragio, vosotros muy fuertes, vosotras muy buenas...
Sonarán mis voces siempre a vuestro lado con mi amor prendido de vuestros amores, cuando ya parezca todo terminado y vengan a casa los enterradores...¡Hijos, no se muere!. En la honda caverna del negro misterio, sin fondo sensible, una voz me grita: ¡La vida es eterna y en lo misterioso nada es imposible!
En el campo, en casa, -¿Vienen de muy lejos?-, yo oigo de los muertos confidencias quedas entre las carcomas de los muebles viejos y entre los ramajes de las arboledas...
Infinitamente se engrana la vida, y en el infinito no hay menos ni más...
¡Yo siempre, hijos míos, llevaré prendida mi vida a la vuestra, por siempre jamás!.
La vida es eterna... Misteriosamente siento de mis muertos las voces, que son como un gran consuelo suave y confidente en la prematura vejez de mi frente y en la carne viva de mi corazón..