No llegué a estar con él porque dos meses separaron su muerte de mi nacimiento. Pero como en mi familia tenemos la buena costumbre de contar, a todos los que se van sumando a ella, quienes y como fueron sus predecesores, conocí desde niña quien era mi abuelo. Un abogado criminalista, escritor y poeta al que acompañaron, en el relato familiar, toda suerte de costumbres, ideas y peripecias.
Aquí os dejo uno de sus versos, incluídos en "Las mil mejores poesías de la lengua castellana" editado por Aguilar. Un poema que, cuando era pequeña, me daba mucho miedo. Entenderéis mis motivos.
CUANDO YO ME MUERA
Cuando yo
me muera, pobres hijos mios, y vengan a casa los enterradores a buscar mis
retos rígidos y frios para arrebatarlos de vuestros amores;
Cuando ya
mis ojos no puedan miraros y me haya invadido la eterna quietud y el cuerpo no
pueda salir a buscaros de las ocho tablas de un ataúd;
Cuando,
solo y lívido, bien amortajado, quede entre los pliegues de lienzos caseros,
después que ya todo lo haya terminado la tierra que me echen los sepultureros.
Cuando
lleguen esos terribles instantes en que vuestras dulces voces tan amadas me
llamen con trágicos tonos delirantes y ante mi silencio callen aterradas...
Cuando
sollozantes todos los hermanos, con espantadizo y hondo desconsuelo, vengáis a
cubrirme de besos las manos y al acariciarlas las sintáis de hielo...
Cuando ya
parezca siempre mudo, para siempre frío, para siempre inerte, aun quiero en la
vida serviros de escudo venciendo el absuro fatal de la muerte.
Y así,
pobres hijos míos, cuando en el materno regazo dulcísimo durmáis silenciosos en
las largtas noches del horrible invierno y os despierten graves ruidos
misteriosos, y sienta en su triste lecho de viuda vuestra madre el sueño segado
en la hoz del llanto, deciros sin miedo y sin duda:
-Nuesto padre
llega y es ésa su voz...
Y habéis
escucharla siempre amante y puro, cuando os acometan los torpes pasiones,
cuando os atormente la mala ventura, cuando desfallezcan vuestros
corazones..... ella os dirá, dulce y queda y amante:
-¡Venced
las flaquezas con ánimo fuerte!
¡Yo os sigo
de cerca, vivo y vigilante, a través del negro dintel de la muerte!...
Que os ate
un cariño trabado y sincero. Todo repartíroslo; el pan y el dolor.
¡Y avanzad
seguros por vuestro sendero sembrando una siembra divina de amor!
Sed
vosotros dulces, y sed generosos vosotros, mis hijos; mas sabed también
enseñar, si os muerden los lobos rabiosos, al gope la mano y el alma al desdén.
Que haya en
vuestro espírtitu, armónicamente, ternura y desprecio, braveza y piedad, y una
sed rabiosa, noble y absorbente, de sueños, de rimas y de eternidad...
Nada os
amedrente; ningún mal presagio os turbe de miedo; las almas serenas sed
siempre, hijos míos, en este naufragio, vosotros muy fuertes, vosotras muy
buenas...
Sonarán mis
voces siempre a vuestro lado con mi amor prendido de vuestros amores, cuando ya
parezca todo terminado y vengan a casa los enterradores...¡Hijos, no se muere!.
En la honda caverna del negro misterio, sin fondo sensible, una voz me grita:
¡La vida es eterna y en lo misterioso nada es imposible!
En el
campo, en casa, -¿Vienen de muy lejos?-, yo oigo de los muertos confidencias
quedas entre las carcomas de los muebles viejos y entre los ramajes de las
arboledas...
Infinitamente
se engrana la vida, y en el infinito no hay menos ni más...
¡Yo
siempre, hijos míos, llevaré prendida mi vida a la vuestra, por siempre jamás!.
La vida es
eterna... Misteriosamente siento de mis muertos las voces, que son como un gran
consuelo suave y confidente en la prematura vejez de mi frente y en la carne
viva de mi corazón..