jueves, 8 de septiembre de 2016

Miradas al mar.

François Truffaut realizó en 1959 una de las películas que más contribuyó para ir forjando mi criterio social, desde la adolescencia. Pero eran otros tiempos. Tiempos en los que, sin darse uno cuenta, la realidad gris que le rodeaba se convertía (por obra de una extraña magia oscura) en la única realidad posible.
¿Por qué el recuerdo de esa antigua película? Sólo por una mirada. La mirada de un jovencísimo
Jean-Pierre Léaud, cuando contempla, por primera vez en su amarga vida, el mar. Aquella era una mirada indefinible; asombro, temor, vértigo...Yo supuse que lo que encerraba la mirada era una respuesta al súbito deseo de zambullirse en ese enorme desconocido y perderse para siempre.



Hace algunos días vi un excelente trabajo, realizado por especialistas voluntarios, en la isla de Lesbos.
Con dedicación y paciencia se aplicaban en llevar a la playa a niños sobrevivientes del cementerio Mediterráneo. Niños que fueron rescatados por serlo. Suerte de la prioridad, mientras algunas de sus familias desaparecían para siempre, ante sus ojos opacos de tanta incomprensión.
Miraban al agua con gestos de verdadero terror. Algunos, se libraban del abrazo del terapeuta voluntario y corrían hacia tierra firme. Otros lloraban a cada corto paso que daban en la arena,lavada por las primeras olas. Poco a poco, sintiéndose protegidos por los chalecos que les vestían sus "profesores de vida" y los brazos que no les abandonaban, algunos comenzaron a intentar brazadas, aletadas, siempre con las cabezas erguidas evitando que a la boca le llegase el agua. Creo que comprendieron lo que esa lección significaba. "Preparaos porque esto volverá a pasar".

¿Por qué asocio una película a este obsceno drama? Porque asocié la fuerza de unas miradas opuestas y, de algún modo, convergentes.