Excepto a esas chismosas, que por cobardes,
no la hostilizaban a las claras, al resto del pueblo infundía respeto, tal vez
un poco cercano al temor supersticioso, lo que no impedía que algunas personas solicitasen,
en momentos de aflicción y casi en secreto, sus sabios consejos sobre las cosas
que no comprendían. Ella nunca les negó ayuda pero sin que eso fuese una puerta
abierta a su intimidad, esa intimidad de la que Agostiña no salía y en la que a
nadie permitía entrar.
Una vez en la playa, con la única
compañía de su perro, al que nunca puso nombre, la mujer comenzó a susurrar
unas palabras incomprensibles que, poco a poco, fueron adquiriendo una
musicalidad monótona. Extendió los brazos con las manos abiertas hacia el mar y
así las mantuvo mucho tiempo mientras entonaba bajito su salmodia. Si alguien
pudiese ver a aquella pequeña mujer, entregada al extraño ritual bajo la lluvia
que ya arreciaba, concluiría que los rumores sobre su mente insana tenían
justificación. Pero Agostiña sabía que nadie
podía verla. Todos se habían ido. Las mujeres ya estarían en sus casas,
preparando los menguados almuerzos y cuidando de los hijos pequeños. Los
hombres se habrían reunido en la destartalada tasca, que les hacía las veces de
asamblea popular, y allí, a puerta cerrada estarían tratando de sus asuntos más
urgentes y confidenciales. Porque tras cuatro días sin pesca, había que
trabajar más en el negocio.
El negocio no era otro que el
contrabando. Un suministro clandestino para paliar algunas necesidades de la
gente del otro lado del Miño, con el que se conseguía una mínima garantía de
supervivencia para las familias de aquella aldea entre el océano y el río.
España, recién salida de la Guerra
Civil, intentaba cerrar heridas, sólo las superficiales que a las profundas ni
podían saber como llegar, y calmar el estómago con las grises cartillas de
racionamiento. Exceptuando a la nueva clase dominante y los diversos entornos
creados a su alrededor, la escasez de productos de primera necesidad alcanzaba
a todos los ciudadanos. Aquellos que podían arriesgar unos menguados ahorros recurrían
al estraperlo, tan extendido en la época, para entretener un poco la disminuida
despensa.
El negocio, funcionaba como si de una
cooperativa se tratase, todo lo bien estructurada que las circunstancias permitían.
Desde Caminha hasta Vila Nova de Cerveira, una buena
parte de los pescadores se ocupaban de la compra, almacenamiento y
distribución de los productos, tabaco, café y bacalao sobre todo, otra servía
de tapadera y hasta coartada si la ocasión se ponía fea con los guardias. Los que no entraban de forma activa en el
negocio, aun cuando lo conociesen, mantenían un sólido compromiso de silencio.
El capital necesario para poner en funcionamiento la singular empresa, lo
pusieron a partes iguales entre todos, y, cuando tras algunos meses se
consiguió recuperar la inversión y se comenzaron a generar ganancias, también
se las repartieron a partes iguales. Como cualquier otra empresa tenía sus
propios estatutos, o mejor, su único estatuto que sin estar escrito en ningún
papel todos conocían y cumplían a rajatabla. Trataba de la prohibición de
incrementar el negocio más de lo que habían establecido en el acuerdo inicial.
Sólo querían complementar los recursos que la pesca les proporcionaba para
sobrevivir con un mínimo de dignidad. Esa cantidad necesaria estaba definida
desde el principio y si alguien quebrantaba el acuerdo, lo que nunca había
ocurrido, implicaría su expulsión inmediata del grupo. Al fin y al cabo ellos
eran pescadores, lo del contrabando surgió como un parche para paliar la miseria
de los malos tiempos pero nunca como actividad principal a manera de oficio.
Como todas las iniciativas importantes
también esta tuvo su promotor, el que tuvo la idea, esbozó todo un sistema operativo y reunió a los compañeros para
presentarles el proyecto ya definido. Se llamaba Severiano y no Severino - por haber heredado el nombre de un abuelo de la Extremadura española- Curiosamente, era entre todos el que menos necesitado estaba.
Soltero, a pesar de sus treinta y tantos años, sin familia a la que sustentar y
unas manos de artista de la que salían preciosas miniaturas de barcos, que se
vendían como rosquillas en las ferias de los pueblos, donde él mismo las
llevaba en su moto con sidecar. Hasta de Viana do Castelo y de Tuy ya le habían
hecho pedidos. Pero, a pesar de que siempre había ayudado a los compañeros en
dificultades, sabía que esos préstamos a fondo perdido tenían un tenue sabor de
humillación que alteraba el meollo genuino de la amistad. Fue por eso, por
preservar esa relación casi fraternal entre sus camaradas, que se le ocurrió la
idea. Por eso y…a qué negarlo, por darle a su vida esa chispa de aventura que
la mar, aún cuando estaba alterada, ya no le daba.
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