sábado, 23 de enero de 2016

Días de temporal II

Excepto a esas chismosas, que por cobardes, no la hostilizaban a las claras, al resto del pueblo infundía respeto, tal vez un poco cercano al temor supersticioso, lo que no impedía que algunas personas solicitasen, en momentos de aflicción y casi en secreto, sus sabios consejos sobre las cosas que no comprendían. Ella nunca les negó ayuda pero sin que eso fuese una puerta abierta a su intimidad, esa intimidad de la que Agostiña no salía y en la que a nadie permitía entrar.
Una vez en la playa, con la única compañía de su perro, al que nunca puso nombre, la mujer comenzó a susurrar unas palabras incomprensibles que, poco a poco, fueron adquiriendo una musicalidad monótona. Extendió los brazos con las manos abiertas hacia el mar y así las mantuvo mucho tiempo mientras entonaba bajito su salmodia. Si alguien pudiese ver a aquella pequeña mujer, entregada al extraño ritual bajo la lluvia que ya arreciaba, concluiría que los rumores sobre su mente insana tenían justificación. Pero Agostiña sabía que  nadie podía verla. Todos se habían ido. Las mujeres ya estarían en sus casas, preparando los menguados almuerzos y cuidando de los hijos pequeños. Los hombres se habrían reunido en la destartalada tasca, que les hacía las veces de asamblea popular, y allí, a puerta cerrada estarían tratando de sus asuntos más urgentes y confidenciales. Porque tras cuatro días sin pesca, había que trabajar más en el negocio.   
El negocio no era otro que el contrabando. Un suministro clandestino para paliar algunas necesidades de la gente del otro lado del Miño, con el que se conseguía una mínima garantía de supervivencia para las familias de aquella aldea entre el océano y el río.
España, recién salida de la Guerra Civil, intentaba cerrar heridas, sólo las superficiales que a las profundas ni podían saber como llegar, y calmar el estómago con las grises cartillas de racionamiento. Exceptuando a la nueva clase dominante y los diversos entornos creados a su alrededor, la escasez de productos de primera necesidad alcanzaba a todos los ciudadanos. Aquellos que podían arriesgar unos menguados ahorros recurrían al estraperlo, tan extendido en la época, para entretener un poco la disminuida despensa.
El negocio, funcionaba como si de una cooperativa se tratase, todo lo bien estructurada que las circunstancias permitían. Desde Caminha hasta Vila Nova de Cerveira, una buena  parte de los pescadores se ocupaban de la compra, almacenamiento y distribución de los productos, tabaco, café y bacalao sobre todo, otra servía de tapadera y hasta coartada si la ocasión se ponía fea con los guardias.  Los que no entraban de forma activa en el negocio, aun cuando lo conociesen, mantenían un sólido compromiso de silencio. El capital necesario para poner en funcionamiento la singular empresa, lo pusieron a partes iguales entre todos, y, cuando tras algunos meses se consiguió recuperar la inversión y se comenzaron a generar ganancias, también se las repartieron a partes iguales. Como cualquier otra empresa tenía sus propios estatutos, o mejor, su único estatuto que sin estar escrito en ningún papel todos conocían y cumplían a rajatabla. Trataba de la prohibición de incrementar el negocio más de lo que habían establecido en el acuerdo inicial. Sólo querían complementar los recursos que la pesca les proporcionaba para sobrevivir con un mínimo de dignidad. Esa cantidad necesaria estaba definida desde el principio y si alguien quebrantaba el acuerdo, lo que nunca había ocurrido, implicaría su expulsión inmediata del grupo. Al fin y al cabo ellos eran pescadores, lo del contrabando surgió como un parche para paliar la miseria de los malos tiempos pero nunca como actividad principal a manera de oficio.


Como todas las iniciativas importantes también esta tuvo su promotor, el que tuvo la idea, esbozó todo un sistema  operativo y reunió a los compañeros para presentarles el proyecto ya definido. Se llamaba Severiano y no Severino - por haber heredado el nombre de un abuelo de la Extremadura española- Curiosamente, era entre todos el que menos necesitado estaba. Soltero, a pesar de sus treinta y tantos años, sin familia a la que sustentar y unas manos de artista de la que salían preciosas miniaturas de barcos, que se vendían como rosquillas en las ferias de los pueblos, donde él mismo las llevaba en su moto con sidecar. Hasta de Viana do Castelo y de Tuy ya le habían hecho pedidos. Pero, a pesar de que siempre había ayudado a los compañeros en dificultades, sabía que esos préstamos a fondo perdido tenían un tenue sabor de humillación que alteraba el meollo genuino de la amistad. Fue por eso, por preservar esa relación casi fraternal entre sus camaradas, que se le ocurrió la idea. Por eso y…a qué negarlo, por darle a su vida esa chispa de aventura que la mar, aún cuando estaba alterada, ya no le daba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario