viernes, 22 de enero de 2016

Compartiendo


Hoy se me ha ocurrido que os voy a contar algunos de mis relatos. Desde ahora aviso que es casi una regla general de las cosas que me invento que tengan finales raros o, para no endulzar la cosa, malos. Pero voy a comenzar con uno que escribí hace la tira de años y que no acaba mal. Vale, ya estoy contando el nombre del asesino...¡Bocazas!

DIAS DE TEMPORAL (Cuento)


Las nubes se agrupaban veloces e iban formando un techo compacto que acabó por oscurecer todo lo que estaba al alcance de la vista. En pocos minutos, el mar y el cielo se confundieron en un horizonte de plomo y los primeros “borreguitos” aparecieron en la superficie del agua como un aviso del temporal que se avecinaba. En la playa, hasta entonces desierta, se fueron concentrando algunas personas, sobre todo mujeres y niños, mientras se acercaban a tierra las primeras barcas.
Con una precisión, conseguida al cabo de tantos días iguales, los pescadores sacaban las artes, otra vez inútiles, de las embarcaciones y ya vacías las arrastraban hasta el lugar que consideraban más seguro. Allí quedaron, ancladas sin hierro en una navegación imposible, exhibiendo sus humildes portes y sus colores que el cielo no dejaba brillar. Después, las familias reunidas echaron a andar, todos los pasos al mismo ritmo, con iguales movimientos cansinos marcados por el desaliento. Como una mancha oscura y concreta que se arrastraba alejándose de la playa
—Yo hubiera continuado un poco más —dijo un joven malhumorado.
Sin parar de caminar, algunos le miraron mientras se levantaba un murmullo de protesta generalizado del que sobresalió una voz ronca.
—Es la segunda vez que dices eso, otra y te quedas en tierra para la próxima. A la mar hay que respetarla —continuó  —cuando ella dice que no sigas lo único que tienes que hacer es volver a tierra —y en un susurro  —o te engullirá.
El vaivén de las sayas negras de una mujer robusta, paró por un instante en sus caderas mientras, volviéndose al muchacho, le gritó.
—Ten juicio, rapaz, que ya no tengo corazón para tanto luto. Tú a obedecer a tu tío, que tienes mucho que aprender.
Una última mirada hacia las barcas varadas, una despedida sin tiempo y el grupo comenzó a desintegrarse cuando los pies descalzos tocaron los primeros adoquines.
La misma mujer que acababa de hablar, señaló hacia la playa con un dedo en ristre y revistiendo de ironía sus palabras dijo en un tono más elevado para hacerse oír por los que ya se habían adelantado.
—La gallega se ha vuelto a quedar.
—Se queda siempre —casi gritó otra —cualquier día llegamos y nos la encontramos ahí tiesa, eso si las olas no se la llevan de una vez.
Y allí estaba ella. Una figura oscura, menuda e inmóvil, como una pieza de atrezo colocada en aquel escenario por una mano invisible y olvidada después del espectáculo. Siempre estaba allí. Nadie la veía llegar ni notaba cuando se iba, sólo estaba allí, quieta, callada, esperando. La mirada sin intención, perdida en el horizonte, las manos escondidas tras la toquilla negra, el cuerpo seco plantado en la arena como un tronco que a pesar de muerto y hueco conserva la verticalidad. A su lado, quieto y callado como su dueña, un perro negro y lustroso al que se le notaba un aseo que solo mucho cepillo y mucho cariño podían lograr.
Agostiña, a quien las gentes de aquella pequeña aldea portuguesa llamaban La Gallega, en referencia a su supuesto origen, era una viuda de la mar, una de esas mujeres a las que el Atlántico se les había tragado a sus hombres en jornadas de aguas bravas. Se contaba que a los pocos días de casada el océano le robó al suyo. Que desde entonces pasaba las horas en la playa aguardando persistente lo que ya era imposible;  una ola piadosa que le devolviese el cuerpo. Y que allí mismo, a la orilla del mar, lloró las únicas lágrimas de su vida.  

Agostiña envolvió su dolor en un riguroso luto que, unido a las arrugas de sol y de pesar, le daba la apariencia de una edad que no tenía. Era de poco hablar y las raras veces que lo hacía servían para que las voces de la ignorancia y la mala fe de algunas comadres del pueblo, alimentasen los rumores, por ellas creado, de que además de estar algo loca practicaba la brujería. Soportó, sin parecer inmutarse, las habladurías sobre aquel entendimiento que las malas lenguas le atribuían con lo oculto. Todo, porque desde chica su madre y su abuela le habían enseñado las propiedades de las plantas y la eficacia de los rezos.
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Mañana, o pasado, o uno de estos días continúo.
Intentar con vehemencia pasar un buen fin de semana y sed felices.

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