Hoy se me ha ocurrido que os voy a contar algunos de mis relatos. Desde ahora aviso que es casi una regla general de las cosas que me invento que tengan finales raros o, para no endulzar la cosa, malos. Pero voy a comenzar con uno que escribí hace la tira de años y que no acaba mal. Vale, ya estoy contando el nombre del asesino...¡Bocazas!
DIAS DE TEMPORAL (Cuento)
Las nubes se agrupaban veloces e iban
formando un techo compacto que acabó por oscurecer todo lo que estaba al
alcance de la vista. En pocos minutos, el mar y el cielo se confundieron en un
horizonte de plomo y los primeros “borreguitos” aparecieron en la superficie
del agua como un aviso del temporal que se avecinaba. En la playa, hasta
entonces desierta, se fueron concentrando algunas personas, sobre todo mujeres
y niños, mientras se acercaban a tierra las primeras barcas.
Con una precisión, conseguida al cabo
de tantos días iguales, los pescadores sacaban las artes, otra vez inútiles, de
las embarcaciones y ya vacías las arrastraban hasta el lugar que consideraban
más seguro. Allí quedaron, ancladas sin hierro en una navegación imposible,
exhibiendo sus humildes portes y sus colores que el cielo no dejaba brillar. Después,
las familias reunidas echaron a andar, todos los pasos al mismo ritmo, con
iguales movimientos cansinos marcados por el desaliento. Como una mancha oscura
y concreta que se arrastraba alejándose de la playa
—Yo hubiera continuado un poco más —dijo
un joven malhumorado.
Sin parar de caminar, algunos le
miraron mientras se levantaba un murmullo de protesta generalizado del que
sobresalió una voz ronca.
—Es la segunda vez que dices eso,
otra y te quedas en tierra para la próxima. A la mar hay que respetarla —continuó
—cuando ella dice que no sigas lo único
que tienes que hacer es volver a tierra —y en un susurro —o te engullirá.
El vaivén de las sayas negras de una
mujer robusta, paró por un instante en sus caderas mientras, volviéndose al
muchacho, le gritó.
—Ten juicio, rapaz, que ya no tengo
corazón para tanto luto. Tú a obedecer a tu tío, que tienes mucho que aprender.
Una última mirada hacia las barcas
varadas, una despedida sin tiempo y el grupo comenzó a desintegrarse cuando los
pies descalzos tocaron los primeros adoquines.
La misma mujer que acababa de hablar,
señaló hacia la playa con un dedo en ristre y revistiendo de ironía sus
palabras dijo en un tono más elevado para hacerse oír por los que ya se habían
adelantado.
—La gallega se ha vuelto a quedar.
—Se queda siempre —casi gritó otra —cualquier
día llegamos y nos la encontramos ahí tiesa, eso si las olas no se la llevan de una vez.
Y allí estaba ella. Una figura oscura,
menuda e inmóvil, como una pieza de atrezo colocada en aquel escenario por una
mano invisible y olvidada después del espectáculo. Siempre estaba allí. Nadie
la veía llegar ni notaba cuando se iba, sólo estaba allí, quieta, callada, esperando.
La mirada sin intención, perdida en el horizonte, las manos escondidas tras la
toquilla negra, el cuerpo seco plantado en la arena como un tronco que a pesar
de muerto y hueco conserva la verticalidad. A su lado, quieto y callado como su
dueña, un perro negro y lustroso al que se le notaba un aseo que solo mucho cepillo
y mucho cariño podían lograr.
Agostiña, a quien las gentes de aquella
pequeña aldea portuguesa llamaban La Gallega, en referencia a su supuesto origen,
era una viuda de la mar, una de esas mujeres a las que el Atlántico se les había
tragado a sus hombres en jornadas de aguas bravas. Se contaba que a los pocos
días de casada el océano le robó al suyo. Que desde entonces pasaba las horas
en la playa aguardando persistente lo que ya era imposible; una ola piadosa que le devolviese el cuerpo. Y
que allí mismo, a la orilla del mar, lloró las únicas lágrimas de su vida.
Agostiña envolvió su dolor en un
riguroso luto que, unido a las arrugas de sol y de pesar, le daba la apariencia
de una edad que no tenía. Era de poco hablar y las raras veces que lo hacía servían
para que las voces de la ignorancia y la mala fe de algunas comadres del pueblo,
alimentasen los rumores, por ellas creado, de que además de estar algo loca
practicaba la brujería. Soportó, sin parecer inmutarse, las habladurías sobre
aquel entendimiento que las malas lenguas le atribuían con lo oculto. Todo,
porque desde chica su madre y su abuela le habían enseñado las propiedades de
las plantas y la eficacia de los rezos.
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Mañana, o pasado, o uno de estos días continúo.
Intentar con vehemencia pasar un buen fin de semana y sed felices.
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