lunes, 25 de enero de 2016

Días de temporal (final)

Amaneció de nuevo en pleno temporal. Ahora la lluvia había cesado pero el viento soplaba fuerte desde la mar hacia el interior. Aquella, era la cuarta jornada consecutiva que la humilde flota se quedaba en tierra y ante la necesidad acuciante, los pescadores empezaron a sentirse desesperados. Una desesperación que se convirtió en rabia cuando se corrió la voz de lo sucedido la noche anterior. Los rumores se desataron de boca en boca, del rumor a la certeza de unos cuantos apenas hubo una corta distancia, y de la certeza a la venganza irreflexiva más corta todavía. Ella, la gallega desvergonzada, había salido del cuartelillo abrazada al sargento. Hacían buenas migas. Seguro que su desaparición tenía que ver con la denuncia. Y, como el sargento iba a ser transferido a Viana la cosa no podía estar más clara…
Cuando Severiano quiso impedirlo ya era demasiado tarde. El humo negro y denso se elevaba desde el pinar y aunque corrió cuanto pudo, no llegó a tiempo de salvar nada. Tuvo que limitarse a observar como lo poco que Agostiña poseía y guardaba en su pobre casucha, se había convertido en unas ascuas humeantes. Cuando las llamas terminaron su despiadada tarea, solo quedaron en pie las cuatro paredes de piedra, con tres negras bocas abiertas donde antes habían estado las desvencijadas ventanas y la puerta de madera medio podrida.

Unos meses después, la llegada de la camioneta de reparto causó sorpresa.  El anticuado vehículo, salía de Caminha y recorría los pequeños pueblos repartiendo pan, leche y algunas verduras. Aquella mañana, transportaba también a una pasajera. Paró en la pequeña plaza, al lado de la escasa clientela que aguardaba. Apenas unas ocho o diez mujeres, pero todas reflejaron al mismo tiempo, en sus rostros anodinos, un gesto de interrogación. Porque habían reconocido a duras penas en aquella mujer de vestido colorido, larga trenza sobre la espalda y piernas desnudas, que se alisaba la falda al bajar de  la cabina de la camioneta, a Agostiña. Una Agostiña rejuvenecida, con un aire más jovial, se podría decir que hasta algo hermosa. Mal se abrió la puerta trasera del vehículo, el perro sin nombre, negro y lustroso, saltó al suelo y se colocó al lado de su dueña. Mientras la gente que la observaba estupefacta se quedó como clavada en el suelo, apareció, Seve. Paró la moto y de dos zancadas se acercó a la mujer y le quitó de las manos la pequeña maleta de cartón prensado, convidándola a seguirle hasta la tasca a lo que Agostiña accedió con una leve sonrisa.
Nadie supo de lo que hablaron, sólo que la conversación duró poco. A la salida, Seve ayudó a Agostinha a acomodarse en el sidecar, subió al perro, que se acurrucó junto a ella y ató la maleta de cartón en el asiento de atrás. La recién llegada, volvió con lentitud la cabeza hacia donde se concentraba el mayor número de gente y, sin decir una palabra, les recorrió con una mirada. Extraña mirada que parecía contener todo el conocimiento del mundo.  Enseguida, Seve puso el vehículo en marcha y ni se paró para despedirse de nadie.
Comenzaba a ponerse el sol cuando Severiano, Agostiña y el perro negro sin nombre,  partieron hacia otro lugar, cualquier lugar que les alejase de aquella aldea.
En ese momento, en el cuartelillo, el sargento comentaba con el cabo Manuel ante la presencia del único soldado raso de la guarnición:
— Hay gente que tiene mala suerte. Esa pobre mujer se enteró, porque se lo tuve que decir yo, que el marido, al que lloraba día y noche, convencida de que el mar se lo había tragado, estaba vivito y coleando en La Coruña, además viviendo con una fulana de allí y hasta con uno o dos hijos, que ya no me acuerdo. Pero eso intenté que no lo supiera, al menos por mí. Lo que sí supo, y no se por quien,  fue que unos desalmados le habían quemado la casa. Lo único que tenía en el mundo. Creo que algún mal nacido, alguien que se habrá creído la historia esa de la brujería…hay gente capaz de todo.
Ya se lo decía a Seve; que hay hombres peores que animales. Y también te lo digo a ti, peores que animales. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario