Amaneció de nuevo en pleno temporal.
Ahora la lluvia había cesado pero el viento soplaba fuerte desde la mar hacia
el interior. Aquella, era la cuarta jornada consecutiva que la humilde flota se
quedaba en tierra y ante la necesidad acuciante, los pescadores empezaron a
sentirse desesperados. Una desesperación que se convirtió en rabia cuando se
corrió la voz de lo sucedido la noche anterior. Los rumores se desataron de
boca en boca, del rumor a la certeza de unos cuantos apenas hubo una corta
distancia, y de la certeza a la venganza irreflexiva más corta todavía. Ella,
la gallega desvergonzada, había salido del cuartelillo abrazada al sargento. Hacían
buenas migas. Seguro que su desaparición tenía que ver con la denuncia. Y, como
el sargento iba a ser transferido a Viana la cosa no podía estar más clara…
Cuando Severiano quiso impedirlo ya
era demasiado tarde. El humo negro y denso se elevaba desde el pinar y aunque
corrió cuanto pudo, no llegó a tiempo de salvar nada. Tuvo que limitarse a
observar como lo poco que Agostiña poseía y guardaba en su pobre casucha, se había
convertido en unas ascuas humeantes. Cuando las llamas terminaron su despiadada
tarea, solo quedaron en pie las cuatro paredes de piedra, con tres negras bocas
abiertas donde antes habían estado las desvencijadas ventanas y la puerta de
madera medio podrida.
Unos meses después, la llegada de la camioneta
de reparto causó sorpresa. El anticuado
vehículo, salía de Caminha y recorría los pequeños pueblos repartiendo pan,
leche y algunas verduras. Aquella mañana, transportaba también a una pasajera.
Paró en la pequeña plaza, al lado de la escasa clientela que aguardaba. Apenas
unas ocho o diez mujeres, pero todas reflejaron al mismo tiempo, en sus rostros
anodinos, un gesto de interrogación. Porque habían reconocido a duras penas en
aquella mujer de vestido colorido, larga trenza sobre la espalda y piernas desnudas,
que se alisaba la falda al bajar de la
cabina de la camioneta, a Agostiña. Una Agostiña rejuvenecida, con un aire más
jovial, se podría decir que hasta algo hermosa. Mal se abrió la puerta trasera
del vehículo, el perro sin nombre, negro y lustroso, saltó al suelo y se colocó
al lado de su dueña. Mientras la gente que la observaba estupefacta se quedó
como clavada en el suelo, apareció, Seve. Paró la moto y de dos zancadas se
acercó a la mujer y le quitó de las manos la pequeña maleta de cartón prensado,
convidándola a seguirle hasta la tasca a lo que Agostiña accedió con una leve
sonrisa.
Nadie supo de lo que hablaron, sólo
que la conversación duró poco. A la salida, Seve ayudó a Agostinha a acomodarse
en el sidecar, subió al perro, que se acurrucó junto a ella y ató la maleta de
cartón en el asiento de atrás. La recién llegada, volvió con lentitud la cabeza hacia donde se
concentraba el mayor número de gente y, sin decir una palabra, les recorrió con
una mirada. Extraña mirada que parecía contener todo el conocimiento del mundo.
Enseguida, Seve puso el vehículo en
marcha y ni se paró para despedirse de nadie.
Comenzaba a ponerse el sol cuando
Severiano, Agostiña y el perro negro sin nombre, partieron hacia otro lugar, cualquier lugar
que les alejase de aquella aldea.
En ese momento, en el cuartelillo, el
sargento comentaba con el cabo Manuel ante la presencia del único soldado raso
de la guarnición:
— Hay gente que tiene mala suerte. Esa
pobre mujer se enteró, porque se lo tuve que decir yo, que el marido, al que
lloraba día y noche, convencida de que el mar se lo había tragado, estaba
vivito y coleando en La Coruña, además viviendo con una fulana de allí y hasta
con uno o dos hijos, que ya no me acuerdo. Pero eso intenté que no lo supiera,
al menos por mí. Lo que sí supo, y no se por quien, fue que unos desalmados le habían quemado la
casa. Lo único que tenía en el mundo. Creo que algún mal nacido, alguien que se habrá
creído la historia esa de la brujería…hay gente capaz de todo.
Ya se lo decía a Seve; que hay hombres peores que animales. Y también te
lo digo a ti, peores que animales.
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