Serían las doce del mediodía, cuando
unas pisadas en la hojarasca, ya seca de la humedad nocturna, despertaron a Agostiña.
Su vida era como la de los animales, comía cuando sentía hambre y dormía cuando
tenía sueño, a cualquier hora porque al único reloj que atendía era el de la
mar con sus resacas y las estrellas en noches abiertas. Sólo tuvo que calzar las alpargatas y ya
estaba en condiciones de salir a la puerta de su casucha solitaria, en el medio
del pinar, para ver quien se acercaba. El perro sin nombre despertó al mismo
tiempo y se pegó a su falda, estirando las orejas en actitud de alerta.
— ¿Qué papel es ése?—preguntó al
jovencísimo guardia que le extendía la hoja doblada.
—Para que usted vaya al cuartel.
—Al cuartel, ¿y para qué tengo yo que
ir al cuartel?
—No sé, es cosa de mi sargento y debe
ser importante porque ha dicho que tenía urgencia en hablarle a usted.
—Está bien, dile que ya voy.
Agostiña atusó los cabellos sin
mirarse siquiera en el pequeño espejo colgado de la pared, los cubrió con el
pañuelo negro que anudó en la nuca y salió de la casa, cerrando la desvencijada
puerta de madera con la llave de hierro que metió en el bolsillo de su delantal.
Por el camino de bajada a la aldea, y aunque las nubes cerradas amenazaban con una
violenta descarga, se paraba de cuando en cuando y arrancaba algunas hojas que
guardaba con cuidado en la taleguilla oscura que llevaba colgada a la cintura. El
perro, seguía todos los movimientos con la vista, sin apartarse de ella ni un metro.
Cerca de las primeras casas, notó el movimiento típico de los marineros en
tierra. Unas idas y venidas que se pretendían disimuladas pero que para ella
anunciaban lo que era obvio; aquella noche habría actividad en el río.
Agostiña estuvo más de cuarenta y
cinco minutos en el cuartelillo. Fuera, durante ese espacio de tiempo, al perro
tumbado a la sombra de un árbol, no se le movía un músculo, ajeno a la
curiosidad y al rumor que en la calle se hacían casi palpables. La figura
menuda apareció por fin en la puerta y al verla, las personas que por allí
estaban a duras penas conseguían esconder su asombro. Porque la mujer, tan
reacia a intimidades, aceptaba el brazo del sargento sobre sus hombros sin un
gesto de desagrado en el rostro. En realidad, su rostro estaba desprovisto de
cualquier gesto. Daba una impresión de ausencia, como si ella ni siquiera
estuviera allí. Sin una palabra, avanzó despacio hacia la plaza seguida del
perrillo, dejando al hombre con el brazo extendido durante unos pocos segundos,
abarcando en el aire el espacio que habían ocupado aquellos frágiles hombros.
Después de ese día, Agostiña y el
perro sin nombre desaparecieron, como si se hubieran esfumado. Nadie les vio en
la playa, aguardando el cuerpo que el mar no quería devolver, ni caminando por
el campo, recogiendo las plantas para las pócimas y ungüentos, ni andando juntos
por los alrededores del pueblo. La desaparición fue motivo de especulaciones de
variado tipo. Mucha bulla al principio hasta que un asunto mayor ocupó el
interés general; la necesidad de buscarse la vida.
Siempre que los pescadores se
dedicaban al negocio lo hacían durante la luna nueva, aunque si aquella noche hubiera
estado llena, el cielo cubierto de
densos nubarrones no habría permitido entrever ni un rayo de luz. La
oscuridad y el río en calma, eran los mejores aliados para los que remaban,
haciendo avanzar con suavidad las dos barcas aguas arriba. Los remos penetraban
silenciosos en el agua y una vez dentro, la fuerza de los brazos proporcionaba
el impulso necesario para superar los metros que les separaban del punto de
encuentro. El trueque se hacía evitando la influencia de la marea alta porque
cuando el mar retrocedía, dejaba al descubierto unas grandes playas a lo largo
del río y eran esos arenales, a ambas riberas del Miño, los mejores lugares
para trabajar. Cuando el volumen de la mercancía lo permitía, el contrabando se
llevaba a cabo por medio de largas cuerdas y poleas humanas. Cuando la carga
era mayor, o los españoles iban a recoger la mercancía a la ribera portuguesa, o
eran los portugueses quienes la llevaban hasta el lado español. Pero si se trataba
de “producto especial” —republicanos huidos de la represión franquista —ambos barcos se encontraban al medio del río.
Todo obedecía a un turno establecido de
antemano por los responsables de las operaciones y esa noche eran Severiano y
Manuel, su hombre de confianza en la mar y en el negocio, quienes debían descargar en tierra de Galicia.
El silencio era casi total cuando,
una tras otra, llegaron las dos pequeñas embarcaciones al lugar acordado con
los gallegos, apenas la voz lejana de una lechuza, el susurro de las hojas
mecidas por el viento y el arrastrar de las barcas en la arena. Pero algo
extrañó a Severiano y le hizo aguzar sus sentidos.
— ¿Qué pasa, Seve? –—preguntó en voz
baja Manuel, preocupado al notarle el gesto de alarma.
—No sé, algo no está bien—susurró—¿Notas
algún movimiento ahí en frente? —señaló la orilla española.
—Pues…—dudó— no, no noto nada. Pero
con esta oscuridad no se ve ni torta.
—No digo ver, digo notar. Pero,
déjalo, yo me entiendo. ¿Qué hora es?— preguntó, dirigiendo una linterna a la
muñeca del otro y haciendo pantalla con la mano libre para evitar la difusión
de la luz.
—Las dos y media, bueno, pasan dos o
tres minutos, no veo bien. Ellos no han hecho la señal ¿o será que no la hemos
visto?
No hubo respuesta. Se sentaron en el
suelo y se quedaron en silencio, con las miradas puestas en el otro lado del
río y los oídos atentos a cualquier ruido. Pasaron unos diez minutos cuando en
la margen opuesta brilló una pequeña luz luego se apagó, volvió a encenderse y
enseguida se apagó de nuevo. Los dos compañeros suspendieron la respiración
esperando, contando los segundos para sus adentros, pero la luz no volvió a
encenderse. La inquietud de Severiano estaba ahora justificada porque la señal
convenida eran tres encendidos intermitentes. Entre gestos y murmullos hizo
saber a Manuel cual era el plan que, se le iba diseñando en el pensamiento. En
unos pocos minutos, pusieron toda la carga en una sola barca, derramaron sobre ella
parte del petróleo que guardaban para los candiles de la pesca nocturna y haciendo acopio de todas sus fuerzas la
empujaron en dirección a la desembocadura, río abajo. Arrastrar la segunda
barca y colocarla al lado de la otra, fue una tarea mucho menos fatigosa. Lo
más difícil era no romper el silencio. Cualquier pequeño ruido sonaba en sus
oídos como un estruendo que les paralizaba los movimientos y les cortaba la
respiración. Subieron por fin a la barca
vacía, amarraron al palo de proa de la otra el cabo de una cuerda, y se
dispusieron a iniciar la última y más peligrosa parte de aquel plan de urgencia nunca antes ensayado. Cada vez que
introducían los remos en el agua, el corazón suspendía sus latidos para
recuperarlos, con doble intensidad, cuando toda la fuerza de que eran capaces
movía las palas sumergidas y las embarcaciones, apenas separadas, se deslizaban
por el impulso. Antes de llegar a la mitad del recorrido, soltaron la cuerda de
amarre. Entonces Severiano, agradeciendo a la suerte, que las pesadas nubes no soltasen
de repente toda el agua que tenían acumulada, echó sobre la borda de la barca
que estaban abandonando y el agua que les separaba de ella el resto del
petróleo que les quedaba y arrojó un nudo de trapos que había prendido con su chisquero.
Con enorme velocidad, el gusano de fuego recorrió esa distancia y se propagó en
altas llamas de un naranja vivo. Los dos hombres, con esa rapidez que confiere
la huida del peligro, ya habían dado la vuelta y remaban río abajo. Al pasar
por Seixas todavía se podía ver la luz provocada por el incendio
en el río.
Manuel rompió el silencio tras un
débil carraspeo
–—Podíamos haber salvado al menos
parte de la mercancía.
— ¿Y si los guardias nos hubieran
alcanzado?
—Pero, ¿tú estás convencido que
estaban esperándonos?
—Eso está claro como que dos y dos
son cuatro —respondió Severiano impaciente— Sólo me gustaría poner la mano
encima del hijo de puta que ha dado el chivatazo.
Cansados y abatidos por la
frustración, se separaron tras varar la barca en la arena de la playa. Todo
parecía desierto pero, después de lo que había ocurrido, no convenía que esa
noche les viesen juntos.
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